El coreógrafo cubano Eduardo Blanco, construye un universo escénico donde la música popular, la técnica académica y la memoria colectiva se funden en un solo pulso para cautivar al público durante la Velada de las Artes y la Coronación de la Reina del Carnaval Internacional Mazatlán 2026 ¡Arriba la Tambora!.
Eduardo Blanco parte de una premisa clara: cada carnaval deja un sello. El suyo se edifica desde la riqueza musical activa que propone la tambora, llevada a escena no solo como ritmo festivo, sino como estructura emocional.
En una de las piezas —anticipa— el público reconocerá un binomio sonoro poderoso: una música de raíz cubana dialogando con sonoridades mexicanas. Dos culturas, dos memorias, un mismo latido. Nostalgia y alegría conviven; el recuerdo no duele, se transforma.
La propuesta no evade la complejidad de la vida. “No todo es alegría”, afirma el creador. Por eso, en escena aparecerán contrastes: números luminosos y otros desgarradores, instantes donde el llanto es errante y la alegría desbordante. La coreografía asume esas altas y bajas como verdad humana, y las convierte en movimiento. Así, el carnaval deja de ser solo fiesta y se vuelve experiencia sensible.
El valor del proyecto se potencia al reunir a la Compañía Ballet de Mazatlán con la Escuela Profesional de Danza de Mazatlán, dos pilares formativos del Centro Municipal de las Artes, perteneciente al Instituto de Cultura Turismo y Arte de Mazatlán. En este cruce generacional, Blanco subraya la importancia de la educación artística como siembra: el carnaval no solo celebra, forma artistas y ciudadanos capaces de dialogar con el mundo.
Su reflexión va más allá del escenario. Habla del respeto como base de toda grandeza: respeto al proceso, al oficio, a cada persona que hace posible el arte. Un artista —dice— depende de todos: del maquillista, del escenógrafo, del técnico, del chofer. La humildad y la sencillez sostienen la excelencia.
El coreógrafo reconoce una herencia que lo compromete. Fue formado bajo la estela de Alicia Alonso, figura fundamental de la danza, y hoy asume la responsabilidad de transmitir lo recibido a nuevas generaciones. En Mazatlán —dice— ese “perfume” de la danza permanece: los jóvenes quizá no lo sepan aún, pero lo sentirán en el cuerpo cuando pisen el escenario.
Al final, su mensaje es una invitación abierta: que el público disfrute, que ría, que se conmueva, que reconozca en estas piezas un espejo de lo que somos. Que la nostalgia no paralice, sino que impulse.
Con estas coreografías, Eduardo Blanco entrega a Mazatlán un acto de amor y respeto. La tambora, hecha cuerpo; la memoria, hecha danza. Y en el centro, las escuelas del Centro Municipal de las Artes, como confirmación de que cuando la formación sólida se une a la tradición viva, el carnaval trasciende la fiesta y se vuelve arte que perdura.



