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Con la sensibilidad de quien vuelve a abrir un cofre de recuerdos y la emoción intacta de una niña que jamás dejó de creer en la magia, Isaura Rendón, Reina Infantil de Oro del Carnaval de Mazatlán, regresa al corazón de la máxima fiesta porteña a 50 años de haber vivido uno de los momentos más luminosos de su vida.

Desde pequeña, Isaura se miraba a sí misma como una princesa de cuento de hadas. Por eso, cuando supo que sería la Reina Infantil del Carnaval, comprendió que la magia realmente existía. Aquella emoción —intensa, profunda y transformadora— permanece viva hasta hoy, tatuada en su memoria, al ritmo eterno de los papaquis, sonido que aún la transporta a ese instante fundacional de su historia personal.

¿Qué sintió aquella niña de 1976 al saber que sería Reina Infantil del Carnaval?
Isaura lo expresa con palabras que siguen vibrando medio siglo después: “Fue una emoción tan intensa que aún hoy sigue dentro de mí, como un tatuaje en mis recuerdos. Esa sensación permanece tan viva como la canción de los papaquis, grabada a fuego en mi memoria”.

Su vestido real no fue solo un atuendo, sino una auténtica obra de arte creada por las hábiles manos de la diseñadora Delia León, en armonía creativa con las majestuosas carrozas de Rigoberto Lewis.

“Disfruté tanto de ese momento que el peso del vestido se desvaneció por completo. Cada vez que escuchaba los papaquis, la majestuosa cauda desaparecía, y me sentía, sin duda, la reina de mi propio cuento. Una de las anécdotas que más me emociona es la que me cuenta mi mamá: cuando llegué a casa esa noche, agotada, pero aún llena de emoción, seguía saludando y lanzando besos al aire. Fue un momento verdaderamente maravilloso”.

Del desfile, más allá de las carrozas, lo que más atesora es la conexión con la gente de Mazatlán. El público la abrazó con aplausos, porras y afecto sincero.

“Desde las campañas, sentías el apoyo constante; te aplaudían, te echaban porras y te hacían sentir como parte de su familia. Cada saludo, cada gesto de cariño, estaba lleno de amor. Sin duda, lo que me sigue impresionando son las maravillosas carrozas del gran maestro Rigoberto Lewis. Cada año, sus creaciones eran un despliegue de belleza y opulencia que quedaba grabado en la memoria de los mazatlecos”.

Entre todas las carrozas, una quedó grabada para siempre: la de estilo barroco inspirada en los cuentos de Hans Christian Andersen, símbolo de una estética que honraba el arte, la historia y la riqueza cultural del Carnaval.

En 1976, la música era el alma del desfile. Las noches de Mazatlán marcaron el pulso de aquel año, acompañada por los papaquis, El Corrido de Mazatlán y El Sinaloense. Las bandas marchaban detrás de las carrozas, y entre ellas destacaba La Costeña, cuyo sonido llenaba el aire de energía y celebración.

“Lo que más viví durante el desfile fue la música. A lo largo de todo el trayecto, las bandas iban tocando, marchando detrás de las carrozas reales. Una de las que siempre estuvo presente en los desfiles era La Costeña, dirigida por el Seño Ramón López Alvarado (+), cuyas notas nos acompañaban con su energía única”.

Isaura observa con asombro la evolución del Carnaval: de coronaciones en el cine a grandes estadios; de carrozas hechas a mano con madera, yeso y papel maché, a estructuras con robótica, luces y efectos digitales. Sin embargo, afirma con convicción que el espíritu sigue siendo el mismo. La verdadera magia, dice, nace del trabajo artesanal, de las manos que construyen y de la pasión de quienes hacen posible la fiesta.

“Antes no contábamos con pantallas gigantes ni efectos digitales como en la actualidad. Las carrozas, que hoy en día parecen salidas de un espectáculo futurista, se fabricaban con materiales sencillos como madera, yeso, papel maché y escarchas. A pesar de que las carrozas modernas cuentan con sistemas de robótica, luces en movimiento y efectos digitales, el espíritu del desfile sigue siendo el mismo. Ahora, todas las carrozas tienen un sistema de sonido digital, que ofrece una variedad de músicas durante el desfile. Aunque la tecnología ha cambiado y ha dado paso a nuevas formas de disfrutar el evento, lo que permanece intacto es la ilusión de esa niña que, como yo, vivió su propio cuento de hadas”.

Ser “pata salada” es, para ella, llevar el salitre en la sangre y la tambora en el corazón. Es sentir orgullo del faro, de la Plazuela Machado, de las Tres Islas y de todo aquello que define a Mazatlán. El Carnaval no es solo un evento: es un hilo invisible que une generaciones.

“Yo, más que feliz, me siento honrada de ser parte de esta bella tradición, de que mi nombre y mi recuerdo queden entrelazados con leyendas como Rigoberto Lewis y Delia León, cuya genialidad barroca definió la estética de nuestra fiesta durante décadas. Ser historia viva es que, 50 años después, mi voz pueda contarles a las nuevas generaciones que la magia no depende de la tecnología, sino de la pasión y entrega con la que vivimos cada momento”.

Hoy, al saber que los reflectores volverán a iluminarla en su homenaje de 50 años, Isaura siente que abraza nuevamente a aquella niña de 1976. Revivir el desfile, saludar a la gente y sentir el cariño del pueblo es confirmar que el amor de Mazatlán es eterno.

Porque el Carnaval cambia, evoluciona y se transforma, pero su magia —esa que nace del corazón— sigue latiendo con la misma fuerza de hace cinco décadas.

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